Hubo un tiempo en que las casas que habitábamos estaban “vivas”. Su estructura de grandes vigas de madera, sus pisos, paredes, puertas, ventanas y muebles hechos con tablones salidos del aserradero, conferían a los edificios la naturaleza cambiante de la madera, que es sensible a la humedad y a las variaciones de temperatura. De la importancia tradicional de la madera da fe el hecho de que su nombre latino (materia) significó primero ‘madera de árbol’ para adoptar posteriormente los significados de ‘madera de construcción’,  ‘materiales (en general)’ y por fin ‘materia’. La madera es, pues, el material por excelencia.

Casa de madera

Pero esto nos aparta del tema. Adonde quería llegar es a que aquellas casas vivas eran una fuente constante de ruidos, trastornos y fenómenos más o menos alarmantes que hicieron creer a nuestros antepasados en la existencia de espíritus fantásticos que las habitaban. A estos seres la lengua castellana los llama desde el siglo XV duendes. Si se oye ruido de pasos en el desván (tal vez una rata, o una lechuza), son los duendes que andan enredando; si cae al suelo en la habitación contigua un objeto dejado en equilibrio inestable, son ellos sin duda los responsables; si nos despierta el crujido de un mueble que pierde temperatura durante la noche tras un día caluroso, tienen que ser otra vez los duendes; si nos cuesta encontrar un chisme que hemos descolocado inadvertidamente, son también ellos quienes lo han hurtado. La vida cotidiana en una casa “orgánica” está llena de hechos desconcertantes que tradicionalmente hemos explicado a la voz de “es cosa de duendes”.

Ilustración para
Ilustración para “El zapatero y los duendes”.

Y es precisamente esta asociación con la casa la que justifica su nombre: duende es abreviación de la frase duen de casa, con que se denominaba antiguamente al dueño (humano, se entiende) de una vivienda. La forma duen es, en efecto, apócope de dueño, palabra que lleva implícita esta asociación, ya que procede del latín dominus, ‘señor’, que es a su vez derivado de domus, ‘casa’. Como se ve, tanto por su etimología como por su propia naturaleza, los duendes son una especie de revoltosos “copropietarios” de nuestras casas.

CobaltoEn Alemania al duende lo llaman Kobold, que en su origen significó ‘señor de la casa’ y que da lugar a una curiosidad etimológica. Resulta que los mineros alemanes de hace siglos, al extraer la plata, se encontraban a menudo con cierto metal de aspecto semejante pero escaso valor. Así se originó la creencia de que los duendes -siempre ellos- tras haber robado la plata, lo ponían en su lugar, por lo que llamaron a este otro metal Kobalt, de donde nuestro cobalto.

PoltergeistLa lengua alemana posee una segunda palabra para el duende: Poltergeist, formada con el verbo poltern, ‘hacer ruido, caer con estrépito’, y el sustantivo Geist, ‘espíritu’ (hermano del inglés ghost). Su etimología ruidosa lo pone, pues, en el orden de nuestros duendes. La palabra, que también es usada en préstamo por la lengua inglesa, fue precisamente elegida como título para la famosa película de terror que en 1982 produjo Steven Spielberg y que ha modificado sustancialmente la imagen tradicional de los Poltergeiste. Y es que, por muy enredadores y traviesos que sean, la naturaleza de los duendes no es maligna, sino simplemente maliciosa. Como dice el refrán: “No te cause nunca espanto, duende ni muerto ni encanto”. Sin embargo, la familia Freeling de la película, que habita en la urbanización californiana de Cuesta Verde, sufre una sucesión de fenómenos paranormales trufados de violencia, acoso, terror, malignidad, agresiones, vientos arrebatadores, corrimientos de tierra y destrucción. Su única relación con el concepto tradicional del duende parece ser el hecho de que unos espíritus se han adueñado de la casa: se trata de las almas de los muertos de un antiguo cementerio sobre el que está edificada la urbanización. En fin, que el título nunca me ha parecido apropiado, aunque tal vez algún entendido en cine o en lengua y cultura alemanas me lo sepa explicar.

En la película, los poltergeists (así, con minúscula y a la inglesa) culminan su venganza fulminando al avaricioso constructor de Cuesta Verde y derrotando a los pobres Freeling, que terminan huyendo de la vivienda con lo puesto. Un desenlace muy diferente al de los ingenuos duendes de toda la vida, que han sido ellos mismos expulsados de nuestras casas por obra del hormigón y la modernidad: dos materiales inalterables y silenciosos, incapaces de un triste crujido, pero implacablemente armados de acero y mucho escepticismo.

Profesor LÍLEMUS

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