Los romanos llamaban penis a la cola del perro y otros animales. Por una metáfora más o menos universal, tirando a facilona y no exenta de vanidad, también daban este nombre al solemnemente llamado miembro viril, detalle que la medicina ha aprovechado a su vez para crear el término anatómico pene.

Perro con cola

En latín el diminutivo de penis es penicillum, que literalmente significa ‘colita’ pero que en Roma se aplicaba al instrumento usado por los pintores. Precisamente con este sentido la palabra viajó al mundo romanizado, donde podemos encontrarla en el francés antiguo con la forma pincel (hoy pinceau). Y en calidad de galicismo léxico la recibieron hospitalariamente lenguas tan variadas como el alemán (Pinsel), el portugués (pincel), el sueco (pensel), el rumano (pensulă), el holandés (penseel) o el catalán (pinzell). De este último hemos tomado nosotros, según parece, nuestro pincel.

Pincel y lapiz

El inglés no fue una excepción. Pero al pasar a esta lengua, la palabra francesa adoptó una forma que seguramente conocéis y que tal vez os sorprenda: pencil. Aunque hoy en día este sustantivo designa el lápiz, en la Edad Media se usaba con el significado original de ‘pincel’, hasta que el siglo XVI trajo un descubrimiento memorable: el grafito (una forma de carbono cristalizado) se podía serrar en planchas que luego eran cortadas en barritas y encapsuladas en madera a fin de facilitar su manejo. El medio ideado para ello consistía en tallar un palo de madera, separarlo en dos mitades y, tras insertar la barra de grafito (la mina), encolarlas. El diseño original recuerda, pues, a la hoja y las cachas de un cuchillo, como podréis apreciar en la imagen siguiente.

El lápiz más antiguo que se conserva (siglo XVII)
El lápiz más antiguo que se conserva (siglo XVII)

Al igual que casi todas las buenas ideas de la Edad Moderna y Contemporánea (salvo las culinarias, claro está), este instrumento de escritura fue creado en Inglaterra, donde lo llamaron pencil por semejanza de uso con el pincel. De hecho, los pinceles finos habían sido empleados tradicionalmente para escribir sobre pergamino, papel y otros soportes, así que la palabra no tuvo problemas en mudarse a un significado nuevo. Si lo pensáis bien, algo parecido sucedió con el término pluma al crearse la pluma de acero y la estilográfica, pero en el caso de pencil la popularidad del lápiz llegó a ser tal, que barrió de la lengua inglesa todo rastro del significado primitivo de la palabra.

Y así, tras largo periplo, ha ido quedando en el olvido la bella metáfora original, según la cual el haz de suaves pelos del pincel recuerda a una colita. De animal, se entiende.

Profesor LÍLEMUS

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