Enrique Anderson ImbertEsta semana os traigo un relato breve del argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000), titulado “ALAS”. Lo conozco desde hace años, y podría reproducirlo de memoria. A menudo lo hago mentalmente, a veces por el simple placer de “releerlo”, a veces porque la verdad que esconde ha fulgurado de pronto ante mí en las más variadas situaciones.

Tendemos a imaginar la literatura como un vehículo de la belleza. Pero si examináis vuestros gustos literarios, encontraréis numerosas lecturas que os dejaron huella por su capacidad de descubriros una verdad. Cuántos sentimientos escondidos o incomprensibles toman forma afilada al verlos expresados en las palabras de otro; cuántos objetos insustanciales encuentran al fin una especie de esencia definitiva al ser redescubiertos por una buena descripción; cuántos tipos humanos se nos aparecen vívidamente en la soledad de la lectura con presencia propia de personas reales.

En el acto de creación artística, la verdad parece siempre preexistir y llamar a la belleza para impulsarse en ella como en un trampolín. Por eso aprender a crear empieza por aprender a mirar, a escuchar, a sentir, a pensar, a seleccionar aquello que en la naturaleza posee sentido. Si la obra de arte fuera una fiesta, la verdad sería la anfitriona, y la belleza, la invitada, pero en la posterior celebración estos papeles se van diluyendo hasta que finalmente no puede distinguirse quién es quién.

El relato dice así:


ALAS

Yo ejercía entonces la Medicina, en Humahuaca. Una tarde me trajeron un niño descalabrado: se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando, para revisarlo, le quité el poncho, vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

– ¿Por qué no volaste, m´hijo, al sentirte caer?

– ¿Volar? – me dijo-. ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

ENRIQUE ANDERSON IMBERT


Quebrada de Humahuaca (Argentina)
Quebrada de Humahuaca (Argentina)

En cierta ocasión Anderson Imbert escribió que sus cuentos son “tomos psíquicos en los que se refleja, desde diferentes perspectivas, la totalidad de una visión de la vida. De cifrarla, la palabra clave sería: libertad.” Y la libertad supone descubrir las propias cualidades y tener la oportunidad de desplegarlas, como unas alas. Pero a cierta edad –a cualquier edad- nuestras cualidades recién descubiertas nos desconciertan, o nos asustan, o nos avergüenzan. Y es fácil resignarse a esconderlas bajo el poncho: el miedo suele arreglárselas para encontrar un resquicio. Qué triste sería la vida si no existiera la rebeldía.

Profesor LÍLEMUS

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