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Cuando al trazar un camino se llega a un lugar poblado de árboles y maleza, hay que “abrir camino” eliminando los obstáculos. Los romanos, siempre tan drásticos, a esto lo llamaban rumpere viam, literalmente ‘romper el camino’. La vía así abierta recibía el nombre de via rupta (literalmente ‘camino roto’), de donde, a través del francés route, hemos tomado nuestra palabra ruta.

Naturalmente, una vez abierta la ruta, esta se generaliza y todos marchan por ella con toda familiaridad, por simple costumbre. No en vano, al hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas lo llamamos rutina, tomada del francés routine, que originariamente significó ‘marcha por un camino conocido’. Esta etimología siempre me ha parecido constructiva, porque nos da luz sobre los inconvenientes de la rutina (adormece la consciencia, la originalidad, el atrevimiento), pero también sobre sus beneficios (encauza los esfuerzos, allana las dificultades, amortigua las debilidades), muy parecidos ambos a los de un camino recorrido con frecuencia. Si supiéramos sacar partido de la familiaridad que la rutina nos garantiza sin renunciar a la novedad que nos consiente, nuestros días despertarían a una luz insospechada.

Rutina

A la familia del verbo romper pertenece también el antiguo derromper, a partir del cual se formó derrota, palabra que en su acepción de ‘vereda o senda de tierra’ es sinónimo de ruta. Este sentido se especializó como ‘rumbo’ en el mundo marinero, donde se llama cuarto de derrota al que ocupa el capitán cuando calcula los rumbos; los barcos pequeños, incluso los gobernados por grandes capitanes, cuentan sencillamente con una mesa de derrota. Y el derrotero es el libro que señala los datos de interés para el navegante, con indicación de las corrientes, bajos, peligros ocultos, pasos difíciles, vientos predominantes, descripción de la costa. Derrotero se usa también para significar ‘camino, rumbo’, a menudo en sentido figurado.

Cuarto de derrota

Cuarto de derrota

Pero en el océano sin caminos uno debe resignarse a seguir direcciones imaginadas en el plano del horizonte, y para representarlas se ideó la llamada rosa de los vientos. Esta consiste en un círculo que ocupa el fondo de la brújula y tiene marcados los treinta y dos rumbos en que se divide la vuelta del horizonte, dibujados mediante figuras de rombos. También tiene forma de rombo la varita de la brújula. Todo ello explica que la palabra griega ρόμβος (rhombos) haya acabado nombrando tanto el geométrico rombo como el náutico rumbo.

Brújula con la rosa de los vientos

Brújula con la rosa de los vientos

En cuanto a la brújula o compás, sabemos que llegó a Europa en el siglo XII desde China a través los árabes, y fue primeramente adoptada por los famosos marinos de la costa de Amalfi, en el golfo de Nápoles. Por ello en español se nombra con una adaptación del italiano bussola, que etimológicamente significa ‘cajita’. Quien aporta el objeto suele proporcionar también el nombre.

Pero vamos a ir despidiéndonos, porque yo empiezo a derrotarme (es decir, a apartarme del rumbo originario) y vosotros estaréis ya con ganas de navegar por otros derroteros. Que no os falte un pie de agua bajo la quilla.

Profesor LÍLEMUS

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