RESUMEN: El aula de Lengua y Literatura es un lugar donde la comunicación debe fluir en libertad. En clase de Lengua no solo se habla: se debe hablar. Sin embargo, no todos en clase están igualmente dispuestos a intervenir en esa comunicación, por lo que esta meta exige del profesor un compromiso constante. He aquí un breve “decálogo” de ocho artículos para crear desde el primer día de clase un ambiente comunicativo sano que invite a todos a participar, discutir y preguntar. Sigamos al profesor Lílemus en sus reflexiones durante una desesperante llegada a Venecia.


El señor y la señora Lílemus acaban de llegar a la ciudad de Venecia en pleno Ferragosto. La refrescante brisa a bordo del vaporetto ya les ha hecho olvidar la primera bofetada de calor que han sentido al salir del coche. El propio vehículo de alquiler, devuelto en un garaje de Piazzale Roma, parece pertenecer a un mundo ya lejano desde el primer minuto de navegación. Venecia recibe majestuosamente a sus visitantes: desenrolla ante ellos la elegante alfombra roja del Gran Canal, flanqueada a izquierda y derecha por palacetes y embarcaderos. Los faraones egipcios que llegaban a Luxor por la avenida de las esfinges no eran recibidos con tanta pompa: el puente de Rialto con su corona de rostros asomados llena la mente de perspectivas y promesas; las coloridas espirales de los postes hincados en el fondo parecen ascender hacia un espacio irreal de fachadas multiformes, cuyas ventanas cuentan secretas historias pasadas; más allá de los muelles repletos de turistas, la primera fila de palacios deja apenas entrever el sugerente laberinto de callejas, puentes y canales. El término “ciudad” no parece suficiente para nombrar esta burbuja siempre cambiante que flota ajena al mundo.

26-Venezia-Gran Canal

Por fin el vaporetto les ha depositado en la parada de Sant’Angelo. Una vez desembarcado el equipaje, empieza la tarea de encontrar el hotel. La empleada de la agencia de viajes se limitó a señalar la parada y su proximidad al establecimiento. Dejando a la señora Lílemus al cuidado de las maletas, el profesor se adentra en la única calleja que sale del muelle, mientras repasa en sus notas la dirección: Hotel PALAZZO BAROCCI, Corte de L’Albero 3878 A. No tarda en aparecer la corte, pero el primer examen a los números de portal no ayuda gran cosa. Las calles de Venecia carecen de numeración propia: son los barrios los que tienen numeradas la puertas, según un sistema –una ausencia de sistema- manifiestamente caótico que, en el fondo, no aporta ninguna información. Abriéndose paso entre grupitos de turistas provistos de plano, termina encontrando sobre el dintel del único portal abierto un cartel prometedor: HOTEL DE L’ALBORO.

-Por fin… Alguien me sabrá decir.

El recepcionista, sentado tras el mostrador, levanta los ojos con gesto inexpresivo.

Buon giorno –saluda el profesor-. Cerco un albergo che…

Niente informazioni -corta secamente el empleado.

La inexpresividad de la mirada desconcierta a Lilemus, que aún no ha captado la evidente descortesía. Insiste:

Penso si trovi proprio in questo…

-Non si danno informazioni -vuelve a interrumpir el hombre-. Mi dispiace.

La sequedad de la voz ya va siendo inequívoca. También la actitud del recepcionista, que con toda naturalidad ha vuelto la vista a sus papeles, dando por terminado el breve intercambio. Mi dispiace, lo siento. Es como si hubiera preguntado la hora y el hombre se disculpase mostrando una muñeca sin reloj.

26-Venezia-Calle della morteLílemus regresa al exterior, a las fachadas impenetrables, a los portales siempre cerrados, a las ventanas sin bustos asomados. Vuelve a repasar los números de portal que dan a la placita, pero estos (3868, 3867, 3864, por un lado; 3884, 3885, 3887, por el otro) se empeñan en huir por ambas direcciones del número buscado. La bolsa colgada del hombro empieza a incomodarle, pero no tanto como la humillación de haber sido espantado del hotelito como una mosca fastidiosa. Con un principio de impaciencia decide por fin adentrarse en un callejón, donde el padre de una nutrida familia se acerca a preguntar por el museo Fortuny con marcado acento francés. De su mano cuelga un plano semiabierto, flácido, como se sostiene una vela sin llama, inútil.

Je suis desolé. Je ne peux pas vous aider -se disculpa el profesor.

“Todo el mundo está perdido aquí”, se dice sorprendido. “¡Qué clase de ciudad es esta!”. Lílemus está empezando a descubrir que el término “ciudad” tampoco es del todo exacto para nombrar este apretado laberinto sin geometría ni perspectivas que ningún plano puede desentrañar. Cuando unos metros más allá se detiene a apoyarse en el murete de un canal, está frustrado y sin embargo sonríe, como siempre que acaba de comprender algo: “Todos están perdidos dentro de sus planos impresos. Todos. Y donde la desorientación es la norma, los lugareños –los únicos que poseen la información- se terminan acorazando contra las preguntas. No basta publicar un plano: este debería tener la virtud de responder”. Y, para sorpresa de un facchino que pasa empujando una carretilla, concluye en voz alta:

-¡Esto parece una enorme aula!

En efecto, la situación le está resultando de lo más familiar. Un centro educativo es un espacio cuyos pobladores no han adquirido todavía destrezas que necesitan aprender. Por eso la duda es un estado natural que debería aceptarse como simple dato de partida, lo que no impide que a menudo los profesores sintamos las preguntas como interrupciones fastidiosas. Y sin embargo, donde todos los visitantes andan perdidos, el derecho a la orientación tendría que ser sagrado. Ante esta realidad, las actitudes posibles –las buenas actitudes, se entiende- son muchas. Lílemus, un poco por convicción, un poco por temperamento, ha optado por una defensa a ultranza de las intervenciones de los alumnos, manifestada en una serie de leyes no escritas pero suficientemente perceptibles en la práctica diaria del aula:

1. El derecho a intervenir y preguntar es sagrado porque, en realidad, es algo más básico y esencial que un simple derecho: es una necesidad natural del alumno, a la que el profesor debe acomodar sus planteamientos y su práctica docente. Si conducimos un coche de motor diésel, no se nos ocurrirá alimentarlo con gasolina como si fuera un motor de explosión: no es así como funciona. Y, sin embargo, nadie pensará que el gasóleo sea un “derecho” del motor. A un ser humano la simple escucha solo le lleva a los alrededores del aprendizaje: para entrar de verdad en él, se sirve por su propia naturaleza de la vivencia, el asombro y la duda. Y un profesor nunca los eludirá, porque sabe que su tarea –a menudo, exigente- es precisamente encontrar medios originales para provocarlos.

26-Dudas

2. Se puede preguntar e intervenir sobre cualquier asunto y casi en cualquier momento. Naturalmente, el profesor regulará los momentos y mecanismos para intervenir, pero sabiendo que el reglamento ha de servir para ordenar y estimular las intervenciones, nunca para ahogarlas. En consecuencia, no debe ser demasiado estrecho. En una clase verdaderamente centrada en la actividad de los alumnos, las intervenciones surgen naturales y tienden a no resultar molestas.

3. Se puede repreguntar siempre que la respuesta estándar no haya resultado satisfactoria. El tono de la segunda vez, y el de la tercera, y el de la cuarta serán tan pacientes como el de la primera, pero su contenido no será nunca el mismo: lo que no se ha comprendido por un medio debe abordarse de una manera nueva. Es parte esencial de la profesión docente abrir diferentes caminos, adaptados a las peculiaridades de cada uno, para llegar al aprendizaje.

4. Las intervenciones nunca son recibidas con burla por los compañeros. Los alumnos deben entenderlas como ocasión de escucharse con respeto y confrontarse educadamente. En el aula hay una variada gama que va desde los demasiado sueltos hasta los que nunca abrirán la boca si no es estrictamente necesario, y el profesor debe armonizarlos a todos. El alumno que solo siente la necesidad de comunicarse en público una vez a la semana, o al mes, debe tener la certeza de que, llegado ese momento, será escuchado con respeto; en caso contrario, puede que no intervenga nunca. Cuando en el mundillo docente se habla del enfoque comunicativo para la enseñanza de la lengua, a menudo se olvida que este enfoque, sin un previo ambiente de sana comunicación, es una aspiración descabellada. Algunos alumnos tienen destruida por malas experiencias previas la capacidad de intervenir, y es preciso recomponerla con paciencia.

5. Garantizar este “estado de respeto” es misión fundamental del profesor, quien debe saber plantearlo como una exigencia del compañerismo, pero en cualquier caso atajará la burla entre compañeros con una contundencia mayor que la burla dirigida contra él mismo. Siempre: esta no es cosa que pueda negociarse. El profesor es un adulto que, llegado el caso, sabrá “defenderse” con armas de adulto, entre las que no hay que desdeñar la firmeza serena, la reacción desconcertante, el sano sentido del humor. Como suele proclamar Lílemus en clase para sorpresa general:

-¡Si alguien tiene la intención de burlarse de otro en esta aula, más le vale burlarse de mí!

6. Las intervenciones nunca son recibidas con impaciencia, escándalo ni burla por parte del profesor. El camino del respeto debe marcarlo el profesor caminándolo él mismo. El derecho a ser escuchado respetuosamente es una ley básica a la que todos se someten, incluido el profesor; y de la que todos disfrutan, incluido él mismo: el profesor más respetuoso suele ser también el más respetado.

26-Gargola pensandoA menudo en el aula se dan intervenciones impulsivas y hasta groseras, y debemos mostrar un cuidado extremo en corregir la impulsividad o la grosería sin anular la tendencia misma a intervenir, haciendo saber al alumno que deseamos sus aportaciones y las apreciaremos, siempre que sean respetuosas. La reacción escandalizada del profesor rara vez es formativa: tan solo expresada como preocupación sincera en un cara a cara personal puede dar algún fruto. Si reaccionamos impacientemente a una intervención inoportuna, como tal vez se merezca, podemos matar el deseo de intervenir, como no se merece. Incluso si el que pregunta se ha perdido por distracción una información que acaba de darse públicamente, se le invitará con calma a estar atento, pero siempre se responderá a su pregunta. Tampoco es bueno tomarse como una afrenta personal las intervenciones molestas; debe quedar claro que no son molestas para el profesor, sino para el trabajo común de la clase, y como tales han de ser tratadas.

26-Pensador-Rodin7. A menudo el profesor, más que responder, enseñará a encontrar la respuesta o a reformular la pregunta; a moderar la precipitación y saber esperar, madurando la pregunta, hasta que esta sea eficaz; a descubrir mientras tanto que la cuestión acaba de resolverse por sí sola. El instinto del asombro y la duda, bien desarrollado, hará de ellos personas despiertas, inconformistas, independientes y críticas, que se cuestionan la validez de los caminos trillados, de la realidad ambiente, de sus propios planteamientos existenciales.

8. La intervenciones de los alumnos son una necesidad también para el profesor. El profesor no siempre es consciente de cuánto necesita las preguntas y reacciones auténticas de los alumnos: a través de ellas aprenderá a captar las necesidades de cada uno, los defectos y virtudes del método elegido, y en el fondo llegará a comprender de verdad la materia que enseña. El guion de una clase ya impartida debería ser reescrito, antes de archivarse, en función de las reacciones surgidas en el aula. Por eso las intervenciones deben apreciarse explícitamente en todo su valor, reconociéndoles tanto derecho a marcar el rumbo de la clase como damos a nuestros propios planteamientos previos. Y si en clase hay un espacio reservado a las intervenciones, el profesor le dará paso con el rostro iluminado de un niño en un restaurante cuando ve llegar el postre, no con el gesto amargo del cocinero cuando ve llegar la pila de platos sucios.

Ni tampoco con la actitud displicente del recepcionista que acaba de disgustar a Lílemus y le ha hecho recordar algún episodio en que él mismo no ha estado a la altura de sus propios principios. La desorientación nos deja frustrados y humillados, y justo así es como se siente el profesor cuando, vencido y malhumorado, termina regresando a la parada del vaporetto. Para colmo, no hay rastro de la señora Lílemus en el lugar donde se han separado.

-¡Hola! -la voz a su espalda le hace girar sobre sus pies. Y allí, en un ramal del embarcadero, la ve sentada sobre una maleta, con las piernas cruzadas y la barbilla plácidamente apoyada en una mano. Lílemus echa a andar sin entender su actitud despreocupada, y aún da cuatro o cinco pasos antes de reparar en la puerta giratoria a su izquierda y el cartel que en grandes letras dice: PALAZZO BAROCCI. Lo siguiente sale de una radiante sonrisa juvenil:

-No me habías dicho que tenemos hotel con vistas al Gran Canal…

Así es Venecia: enamora a primera vista, y vuelve a enamorar cuando te orientas en ella. En medio pasas por una etapa incierta, en la que suplicas informaciones que a menudo tienes delante de los ojos. Igual que una asignatura.

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