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A más de uno le sorprenderá ver comentados en este blog hechos que apenas tienen dos semanas de “antigüedad”, pero ahí voy. Los seguidores del fútbol tendrán bien presentes dos errores arbitrales de la ida de semifinales de la Europa League: el sevillista Mbia marcó contra el Valencia en claro fuera de juego, y la estrella valencianista Paco Alcácer se perdió el partido de vuelta por una tarjeta amarilla que no mereció. En efecto, el portero del Sevilla, Beto, fingió aparatosamente una inexistente patada del pobre chico, y el árbitro picó el anzuelo. El Valencia recurrió la tarjeta, pero inexplicablemente la UEFA ha querido premiar al tramposo guardameta rechazando el recurso. Suponiendo que el Sevilla gane la final del día 14, ¿podremos decir que ha sido justo vencedor del torneo, cuando ni siquiera ha sido justo finalista?

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Las instituciones del fútbol llevan años estrujándose el cerebro sobre los errores arbitrales, pero las soluciones propuestas suelen resultar cuando menos peculiares. Una de ellas, que será estrenada en el mundial de Brasil, consiste en un complejo sistema de cámaras (el ojo de halcón) para determinar si el balón ha traspuesto la línea de meta y evitar así los goles fantasmas. La idea no deja de sorprender, ya que esta situación se da, con suerte, en uno de cada veinte partidos.

Otra solución, ya bastante rodada, ha sido añadir dos jueces suplementarios situados en las líneas de meta, junto a las porterías, lo que aumenta a seis el número de árbitros en los partidos internacionales. Por lo que respecta al Sevilla-Valencia, la medida debió de ser muy beneficiosa para un hotel y varios restaurantes de la ciudad hispalense, pero desde luego no evitó que la nutrida tropa arbitral se comiera el fuera de juego y el sonrojante engaño con guarnición y salsita. Millones de televidentes, en cambio, pudieron apreciarlos en sus mínimos detalles a través de la moviola, pero en el fútbol el encargado de juzgar los hechos es precisamente quien tiene peor información.

Siempre me ha llamado la atención que los aficionados de este deporte admitan como un hecho natural la adulteración de los resultados. Como decía Boskov, “fútbol es fútbol”. Y casi lo prefiero, porque la alternativa es tomarse los errores de muy mala manera y poner en práctica alguna pieza del violento repertorio que es la auténtica enfermedad del fútbol. Fuera del terreno de juego, la masa se entrega al insulto vociferado y hasta coreado, a la refriega entre hinchadas, a la lapidación del autobús visitante. Es cierto que los errores arbitrales enrarecen el ambiente y encienden los ánimos -una derrota justa es más fácil de tragar- pero la cosa tiene poca disculpa. Hace no demasiado, sentado en la grada de San Mamés detrás de los banquillos, escuché insultos tan ofensivos contra el entrenador rival, que se sonrojaron hasta las rayas blancas de mi rojiblanco corazón.

Dentro del terreno, algunos futbolistas parecen haber recibido órdenes expresas de parar a su emparejado por cualquier medio, y la chulería y el desafío nariz con nariz campan a sus anchas. Debo precisar que esta no es la tónica general: lo habitual es ver jugadores que se limitan a jugar, se ayudan a levantarse y se hacen gestos amistosos. Pero del deporte uno espera precisamente deportividad, y las salidas de tono lo afean siempre. Igual que el agua, se tiñe con unas pocas gotas contaminantes.

Ribery¿Qué hacen ante esto los responsables del fútbol? Los telespectadores del Bayern-Real Madrid del martes pasado pudimos ver durante el descanso un spot creado por la UEFA, donde futbolistas famosos proclaman en diversos idiomas su “no al racismo”. Entre ellos estaba el francés Franck Ribéry. En ese momento caí en la cuenta de que unos minutos antes había visto al galo dar una bofetada con la mano abierta al madridista Carvajal en situación de balón parado, y la verdad es que me llamó la atención. Dos hechos tan próximos y contradictorios desentonaban aparatosamente.

Acabo de afirmar que me llamó la atención, pero no puedo decir que me extrañara. Y es que la UEFA lleva años haciendo bandera de una curiosa campaña centrada específicamente en el racismo. En los partidos internacionales de selecciones, el protocolo prevé que ambos equipos posen tras una pancarta en que se lee el lema: NO AL RACISMO. No sé qué pensarán mis apreciados lectores, pero este no parece en el fútbol un asunto de primera importancia. El problema está en los graves excesos a los que conduce la rivalidad mal entendida entre equipos, aficiones, ciudades, regiones y países, sean de la misma o distinta raza. Tres aficionados fueron tiroteados hace pocos días en las calles de Roma antes de la final de copa, y otro resultó muerto en Brasil tras serle arrojado desde la grada nada menos que un retrete.

racismoDesde luego, a Ribéry su compromiso contra el racismo no le impidió atizar el llamativo sopapo. Yo no sé qué habría pasado si hubiera participado en una campaña contra la violencia a secas, o si Beto hubiera posado tras una pancarta a favor de la deportividad, pero visto desde fuera parecen acciones más necesarias. Claro que los insultos racistas son deplorables; lo que no llego a ver es su diferencia de otros improperios que futbolistas de todos los colores reciben constantemente desde las gradas. Parece ser que la barra libre de los insultos solo se cierra cuando estos se vuelven racistas.

En este olvido de la violencia en general para empeñarse en una de sus manifestaciones (el racismo), se ve nuevamente el mismo proceder que antes he comentado: concentrarse en el problema menos frecuente, ignorando el más habitual. Y lo peor es que la lucha está siendo encarnizada. Los castigos por comportamiento racista son mucho más graves que por cualquier otro motivo. El espectador que arrojó la semana pasada un discriminatorio plátano a Dani Alves en Villarreal ha sido expulsado para siempre del estadio. La orgía moderna de lo políticamente correcto muestra una extraña hipersensibilidad por ciertos temas. También en la prolífica semana pasada, la NBA inhabilitó de por vida al dueño de los Clippers, Donald Sterling, con la obligación subsiguiente de vender el equipo y una multa de dos millones y medio de dólares, porque en una conversación privada con su joven novia había hecho comentarios racistas. Ya quisiera yo ver la misma disposición cada vez que los jugadores de la NBA llegan a las manos, que es casi en cada jornada.

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A lo dicho en una conversación privada se le da la importancia que tendría si el vejete hubiese convocado una rueda de prensa para proclamar abiertamente una especie de ideario racista. Por el contrario, a nadie se le ha ocurrido plantearse la responsabilidad en el asunto del portal de Internet TMZ, que al difundir innecesariamente la grabación ha contribuido a enrarecer el ambiente del deporte. En un medio de comunicación sensato, la cinta habría acabado en la papelera por insustancial, pero entonces nos habríamos perdido uno de los grandes placeres del mundo moderno: la rasgadura mediática de vestiduras.

El problema es que, a base de insensateces, la violencia, la chulería y el engaño se extienden alarmantemente al deporte escolar, donde los alevines tienden a imitar los vicios y virtudes de sus ídolos. Y mientras tanto, las instituciones del fútbol dale que te pego con el sexto árbitro, el ojo de halcón y el no al racismo.

Es como si el médico que recibe a un paciente afectado de neumonía concentrase sus esfuerzos profesionales en elegir la mejor tirita para el rasguño que se ha hecho al entrar en la consulta.

Profesor LÍLEMUS

(A mi amigo Roberto Ronda, que en sus años de futbolista soportó con buen humor, como el caballero que es, la más variada gama de inmerecidos insultos)

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