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La recomendación del chef para hoy nos lleva a la hora del almuerzo en el Instituto de la localidad norteamericana de Lincoln, Massachusetts. Jake Buzz Lakosky come nerviosamente con sus compañeros del Club de Física Recreativa, hasta que por fin se arma de valor, se quita las gafas de pasta, se levanta de la mesa de los frikis y se dirige decididamente al rincón donde se sientan en su trono inalcanzable las cheerleaders del equipo de fútbol. Tras subir a cámara lenta los imaginarios peldaños que le separan del abismo, se planta delante del objeto de sus deseos y consigue articular:

Jason Biggs-Verás… Jenny… es solo una hipótesis, pero… ¿vendrías conmigo… al baile de graduación?

Todos en el comedor han clavado las miradas en un acto semejante de osadía. Buzz, que lo ha notado, vuelve hacia la galería su cara acribillada por las espinillas, iluminada ahora por una bobalicona sonrisa triunfal, mientras apoya en la mesa una mano demasiado desenvuelta. Por una fatalidad característica del cine adolescente, la mano golpea un vaso de batido adelgazante, proyectando una mancha de color chocolate en el blanco inmaculado de la faldita de la cheerleader. Los acontecimientos se precipitan y Jenny, que hace un momento estaba en autocontemplación ensimismada, se pone en pie con cara de indignada sorpresa, incapaz de articular palabra. Es su íntima amiga Pam la que se encarga de calificar convenientemente el hecho y la persona:

-¡Oh Jake! ¡Tenías que ser tú! Eres… pa-té-ti-co.

Ya tenemos aquí la palabra: patético. Es decir, lamentable, penoso, ridículo, como todo el mundo sabe. El problema es que hasta hace poco sabíamos algo muy diferente. Antes de que el cine norteamericano se arrellanase cómodamente en nuestros diccionarios, la palabra patético no era un moderno anglicismo, sino un clásico helenismo. En griego antiguo deriva del sustantivo πάθος (pathos). Creo que fue mi amigo –y profundo filólogo- Iñaki Ortigosa quien me explicó la amplitud semántica de esta palabra, que designaba genéricamente todo aquello que uno experimenta. No quiero poner en su boca vagos recuerdos de dos décadas de antigüedad, pero yo me quedé con la idea de que el pathos griego era la respuesta de la persona a los agentes y estímulos externos, y se cargó pronto de connotaciones negativas. Por eso, aplicada al plano físico, la palabra terminó significando ‘enfermedad, dolencia’, lo que explica que las enfermedades se denominen patologías y lleven nombres terminados en –patía (cardiopatía, osteopatía, psicopatía). Aplicada al plano espiritual, es un equivalente aproximado de pasión o padecimiento, y designa respuestas anímicas tan variadas como la tristeza, la piedad, el sufrimiento, el odio, la cólera, la aflicción, la pena, y hasta el placer y el amor. En las lenguas modernas da lugar, con las naturales variantes, al adjetivo patético, que describe aquello que es capaz de agitar el ánimo con emociones impetuosas, particularmente el dolor, la tristeza o la melancolía. Es decir, eso que antes expresaba el adjetivo con-movedor, cuando aún tenía un significado literal y afilado, y que parece sobrevivir en con-moción y con-mocionar.

chaikovski1En inglés, pathetic tiene aproximadamente el mismo significado, y se usa como sinónimo de pitiful. Pero en la lengua coloquial este sentido se ha encogido y ya se limita a calificar aquello que, por inadecuado, resulta lamentable, penoso y ridículo. La reducción semántica es clara, ya que se trata de un penoso que no nos deja apenados, y de un lamentable que a nadie invita a proferir lamentos. Por influencia de la cultura anglosajona, este significado ha pasado al español, donde ya ha empezado a echar tierra sobre el profundo sentido original. Así que a estas alturas más de uno creerá que Chaikovski llamó “Patética” a su sexta y última sinfonía porque le salió tan pobre y desafinada que se le pasaron las ganas de intentar una séptima. Si la etimología devuelve al redil las palabras descarriadas, este es un caso modélico.

GranPoder6Y la referencia a Chaikovski no es gratuita, porque precisamente el arte ha sido en nuestra cultura la escuela superior de patetismo. El arte nos ha enseñado a lo largo del tiempo a desesperarnos con el Edipo de Sófocles, que tras conocer que ha matado a su padre y se ha casado con su madre, llora estérilmente el descubrimiento; a exaltarnos con los rebeldes acribillados por las balas francesas en “Los fusilamientos del 3 de mayo”, de Goya; a vociferar con la madre que aprieta en los brazos a su niño muerto en “Luces de bohemia”, de Valle-Inclán. Toda la iconografía del Viernes Santo, que mañana por la noche recorrerá calles y plazas al son estremecedor de cornetas y tambores, tiene por objeto con-dolernos con el Inocente torturado y ajusticiado por culpas ajenas. Y el dolor en este caso es de estricta justicia, porque las culpas son las de todos: la Pasión es el único relato en que los malos somos los oyentes.

El patetismo nos enseña que las desgracias no deben dejarnos fríos en el banquillo de la indiferencia. Hay que salir a jugar y com-partir el dolor ajeno con nuestro propio dolor, ser com-pasivos y alcanzar así el más elevado de los sentimientos: la capacidad de sentir juntos, o sea, la sin-tonía emocional, la sim-patía. El patetismo ha sido en la cultura occidental una larga escuela de dignidad, hasta que las series norteamericanas que consumen a diario nuestros hijos han venido a adelgazar el concepto: donde antes había hondura de dolor, ahora hay un charco de superficialidad en el que chapotea patéticamente nuestra sensibilidad desorientada.

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Ahora bien, como sucede a menudo, las impropiedades semánticas no son meras cuestiones lingüísticas: suelen esconder un trasfondo moral. Y en nuestro caso el asunto tiene diversas explicaciones. Una de ellas es que diariamente, cogidos de la mano a través de las ondas televisivas, nos sometemos a un repugnante acto social llamado telediario. Este fenómeno informativo se ha convertido en una ensalada mixta que puede abrir, por ejemplo, con la crónica del rescate de cadáveres tras un terremoto en la India. El tono del reportaje suele ser el apropiado: con-movedor, apenado, patético. El problema empieza cuando a las imágenes de los cuerpos amontonados le siguen en rápida sucesión el informe mensual de afiliación a la Seguridad Social, la demagogia barata de los portavoces de la oposición, los resultados de la Copa del Rey de waterpolo y un sinfín de historietas, algunas truculentas, otras simplemente insustanciales, en las que podemos toparnos con –pongamos- un sonriente inglés que ha cultivado una cebolla de casi ocho kilos. Todo ello enlatado dentro de una vertiginosa media hora. ¿Quién puede recordar el llanto de los supervivientes en la India, después de haber presenciado cómo un georgiano de nombre impronunciable ha ganado un concurso de ranas amaestradas? Nadie pasa del llanto a la risa con tal facilidad, así que nos hemos acostumbrado a presenciar todo el pack con un gesto intermedio que se acomoda a cualquier tono y acaba convirtiéndose en simple a-patía. Hay una perversión esencial en una sociedad que es capaz de pasar de una visión a otra sin pestañear. Si el nuestro fuera un mundo decente, lloraríamos espontáneamente ante la contemplación de la Tierra que ha matado a sus hijos. Hace solo cuarenta años esas mismas imágenes, vistas en comunidad en el bar de un pueblecito, habrían paralizado de consternación la vida de sus habitantes. Estamos perdiendo el candor y la ingenuidad. Estamos desaprendiendo a llorar.

cebolla

Así que la próxima vez que abran el telediario con una catástrofe, no lo dudéis: actuad con decisión. Empuñad firmemente el mando a distancia y hacedle zapping al inglés de la cebolla gigante, que está a punto de aparecérsenos como el fantasma de un castillo brumoso. No hace falta cambiar de canal: simplemente congelad la imagen, y quedaos así en un intenso minuto de honda meditación. Dejad nacer y crecer en vosotros un profundo sentimiento de dolor espontáneo. Tal vez no esté todo perdido. Tal vez no acabemos resultando todos irremediablemente… pa-té-ti-cos.

Profesor LÍLEMUS

(Dedicado a Arsenio Álvarez, que nos enseñó a varias generaciones a recuperar mediante la etimología el sentido auténtico de las grandes palabras)

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