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Se acerca el Día del Libro, y habrá que tener algún tema elegante de conversación. En la entrada de hoy os propongo uno que va a sorprender a más de un amigo vuestro. Probablemente el amigo sepa, como todo el mundo, que tanto Miguel de Cervantes como William Shakespeare murieron el 23 de abril de 1616, motivo por el que, desde 1996, en esa fecha del año se celebra el Día Internacional del Libro. Como todo el mundo sabe.

Cervates por JaureguiPues no. Me vais a permitir un pequeño y gran matiz a la creencia general: Cervantes murió en Madrid el 23 de abril de 1616, mientras que a Shakespeare le llegó la muerte en Stratford-upon-Avon diez días más tarde, o sea, el 23 de abril de 1616. Si comprobáis que él no lo sabía y le veis un poco descolocado, en esta entrada encontraréis el modo de recolocarle. La verdad es que esto se podría hacer en cuatro líneas, pero la lectura consiste precisamente en tomarse las cosas con calma y disfrutar, si es posible, mientras llega el desenlace. Lo que le vais a contar es la historia de nuestro calendario actual, con lo que además le haréis un favor, porque sobre este asunto Internet está infestado de versiones inexactas o simplemente equivocadas.

Veamos. En el 46 a.C., el gran Cayo Julio César, en calidad de Pontífice Máximo, introdujo una profunda reforma del caótico calendario lunisolar romano, transformándolo en uno exclusivamente solar. El encargado de llevarla a cabo fue el astrónomo Sosígenes de Alejandría, quien, inspirándose en Eudoxo de Cnido (406-355 a.C), tuvo en cuenta una duración del año de 365,25 días. El cálculo, sin ser del todo exacto, es una aproximación notable, dados los medios disponibles en la Antigüedad. Este resto de 0,25 suma un día entero al cabo de cuatro años, por lo que la reforma preveía el añadido de un día suplementario en los llamados años bisiestos.

El calendario juliano sirvió además para fijar el equinoccio de primavera en una fecha precisa, concretamente el 25 de marzo. El equinoccio vernal ha sido desde siempre un punto de referencia básico para la civilización. El año hebreo antiguo, por ejemplo, empezaba con la primera luna nueva de la primavera, y en la luna llena de ese primer mes (el mes de Nisán) se celebraba la fiesta judía de la Pascua. Dado que la Pasión de Cristo sucedió precisamente en ella, los primeros cristianos solían conmemorar la muerte y resurrección del Salvador coincidiendo con el primer plenilunio de la estación florida.

Inicialmente los cristianos celebraban esta y otras festividades de un modo bastante libre, hasta que en 325 d.C. el primer Concilio de Nicea elaboró un calendario litúrgico unificado, cuyas fechas móviles (las de la Semana Santa, Cuaresma, la Ascensión, Pentecostés) se determinaban a partir de la fecha de la Pascua de Resurrección. Esta, a su vez, fue fijada por el Concilio en el domingo siguiente al primer plenilunio posterior al equinoccio (puede caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril), criterio que perdura en nuestros días y explica las fechas tan tardías de esta Semana Santa de 2014, que está a punto de empezar.

Debe saberse que para el año 325 la fecha del equinoccio se había adelantado hasta el 21 de marzo. Y es que el calendario juliano tiene un pequeño defecto que a la larga trae grandes consecuencias: según el cálculo moderno, la duración real del año es de 365,242189074 días, es decir, algo más de 11 minutos más corto que el año de Sosígenes. Esta ligera inexactitud llega a sumar un día entero al cabo de 128 años, lo que se manifiesta en que los fenómenos climáticos, tales como la fecha real de los solsticios y equinoccios, y en consecuencia el inicio de las estaciones, se van adelantando cada vez más en el calendario oficial.

Pasaron los años y, con los años, los siglos, y este desfase empezó a afectar apreciablemente a aspectos clave de la vida, tales como la siembra y la cosecha, la pesca, la vendimia. Poco a poco el esplendor del mayo climático, tradicionalmente florido y hermoso, invadía el abril oficial, supuestamente lluvioso; las uvas maduraban cada vez antes en el calendario; y a los cerdos –los más mimados de la granja- les llegaba su San Martín un día climático más tarde cada 128 años.

A mediados del siglo XVI, el equinoccio de primavera se había adelantado ya hasta el 11 de marzo, y las fiestas móviles del calendario litúrgico, que dependen de él, flotaban peligrosamente a la deriva, haciendo temer una futura colisión de la Cuaresma con las fiestas navideñas. Al menos eso creía yo, pero al escribir esta entrada y ver que las iglesias ortodoxas de la actualidad celebran la Pascua a partir del 4 de abril, me inclino por pensar que el problema era justo el contrario: la Pascua de cada año seguía fijándose en función de la fecha del equinoccio oficial (21 de marzo) y no del real, de modo que esta se iba desplazando hacia el verano climático. Sobre este punto agradecería ayuda, si es que alguien tiene información.

Calendario

En cualquier caso, el Concilio de Trento (1542-1563) decretó la preparación de una reforma del calendario civil que muchos venían pidiendo desde el siglo XIII. Al llegar al pontificado en 1572, Gregorio XIII decidió impulsar el decreto, creando para ello una comisión compuesta por prestigiosos astrónomos, matemáticos y especialistas de varias materias. La reforma gregoriana estuvo lista para el año 82, y de acuerdo con ella dejaron de ser bisiestos los años divisibles por 100, a excepción de los que son divisibles por 400. De esta manera se añadían 97 días suplementarios por cada 400 años, en lugar de los 100 previstos en el calendario juliano. Por eso el 1900 no fue bisiesto, mientras que el 2000, como bien recordaréis, sí lo fue. Que yo sepa, la comisión tuvo en cuenta los cálculos hechos en el siglo XIII por los astrónomos de Alfonso X el Sabio, que habían estimado la duración del año con un error de solo 26 segundos. Esto quiere decir que basta suprimir un día cada 3.300 años para mantener exacto nuestro calendario.

Gregorio XIIIPero aún quedaba por lograr la otra finalidad de la reforma propuesta en Trento: devolver el equinoccio de primavera al 21 de marzo, para ajustarse así a las disposiciones de Nicea. La cosa se hizo por la vía rápida: fueron suprimidos los diez días que van desde el 5 al 14 de octubre de 1582, ambos incluidos. La reforma se promulgó mediante la bula papal Inter gravissimas, en cuyo artículo VIII leo la petición a los jueces de tener en cuenta esta supresión en cualquier litigio que se originase sobre pagos mensuales o anuales, addendo alios X dies in fine cuiuslibet præstationis (“añadiendo diez días al plazo de cualquier pago”).

Yo supongo que la reforma trajo además algunas consecuencias en la vida cotidiana. Las fechas fijas del calendario litúrgico proporcionaban al pueblo iletrado un sinfín de patronos y festividades que ordenaban la vida social y le dotaban de referencias temporales muy necesarias, a menudo codificadas mediante refranes. Los que se refieren a las tareas agrícolas y ganaderas o a la meteorología (pensemos en los modernos por San Urbano, el trigo ha hecho grano, o Santa Lucía acorta la noche y alarga el día) debieron de quedar en suspenso, a la espera ellos también de una reforma. Dice, por ejemplo, el refranero: por San Blas la cigüeña verás y, si no la vieres, año de nieves; pero si la cigüeña, ajena al refranero, sigue regresando de África cuando el clima lo aconseja, y no cuando el descolocado San Blas lo patrocina, resultará arruinada la -por otro lado incierta- previsión meteorológica.

La reforma fue inmediatamente adoptada por los países de influencia católica, entre ellos España, pero no por los demás, que se resistían a admitir la autoridad del papa. Por ejemplo, los territorios protestantes de Suiza y Alemania, así como Dinamarca y Noruega, se sumaron a ella hacia 1700; Inglaterra e Irlanda, en 1752; Suecia, un año más tarde; y los países de religión ortodoxa no lo hicieron hasta bien entrado el siglo XX. En este último caso, fueron los Estados los que adoptaron la reforma, pero no sus Iglesias, que en la actualidad celebran las fiestas religiosas trece días más tarde que nosotros. Su Navidad, por ejemplo, cae el 7 de enero.

shakespereVolviendo al principio de nuestra historia, y pasando por alto que Cervantes había muerto en realidad la víspera (la fecha que quedó en la memoria fue la de su entierro), se entiende bien que el día oficial de la muerte de Cervantes, el 23 de abril del 1616 español, era 13 de abril en Inglaterra, donde no se habían suprimido todavía los días de desfase. Por lo tanto, a Shakespeare le quedaban diez días de vida, días que al parecer el Bardo no quiso desaprovechar. Según una versión, escrita por el párroco de Stratford-upon-Avon en 1661 (tal vez demasiado tardía para ser totalmente fiable), el dramaturgo se reunió en la taberna con los escritores Ben Jonson y Michael Drayton, se supone que para festejar algunas nuevas ideas literarias. Y las ideas debían de ser espectaculares, porque la celebración derivó en una trompa monumental, la trompa derivó en una fuerte fiebre, y la fiebre derivó en el aniversario que estamos a punto de conmemorar. Fuera o no cierta la historia, para entonces en España ya estábamos a 3 de mayo.

Si habéis logrado sorprender a vuestro amigo con esta casualidad histórico-literaria, ahí va otra aún mayor, relacionada con la primera: Santa Teresa de Jesús murió en Alba de Tormes el jueves 4 de octubre de 1582, y fue enterrada al día siguiente, que fue viernes 15. Como es perfectamente natural.

Profesor LÍLEMUS

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