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Hoy os traigo algo realmente bueno, mucho mejor que esos rollos con los que semanalmente abuso de vuestra amistad. Se trata de un cuento del narrador argentino Julio Cortázar y se lee en menos de dos minutos. Estos dos hechos reunidos lo convierten en un objeto especial, al que no deberíamos acercarnos de cualquier manera. Un relato tan breve y con su desenlace -os lo puedo adelantar- en la última línea, se parece en algo a un chiste: la primera vez es la auténtica. Si no os parece mal, me vais a acompañar en esta introducción y yo os llevaré caminando hasta la puerta misma del texto. Pero si preferís correr solos hasta él, nada os impide empezar ya.

LECTURALos textos literarios deberían leerse en un estado que me gusta llamar “desempañado”. Antes de abrirlos, uno tendría que hacer un breve ejercicio de limpieza mental, igual que se desempaña el parabrisas antes de conducir. Es preciso liberar la mente y la sensibilidad para que entren en el mundo que nos propone el libro. Si lo que se lee es una novela, los primeros párrafos ya cumplen esta misión, y en la segunda página de lectura nos encontraremos conduciendo con toda libertad. Pero si el texto que se va a leer no llega a los dos minutos, uno no debiera malgastar ni una línea en este ejercicio de higiene.

Como nadie querrá consultar el diccionario cuando tropiece con ciertas palabras, os adelanto que un chicotazo es en América un latigazo, y que, donde dice parque, un español debería entender más bien un jardín amplio y tirando a salvaje. Esto afecta también al título, que podríamos imaginar como «Continuidad de los jardines». En cuanto a esta misma continuidad, lo siento: no puedo daros pistas. Sería destripar el cuento.

Un último consejo. Si lo leéis intensamente, sin quedaros en el mero significado de las palabras, e intentáis escuchar en vuestra lectura silenciosa el ritmo que estas conforman, descubriréis que Julio es un exquisito artista de la prosa, con un oído fino para la musicalidad de la frase. Dejaos también envolver por las imágenes visuales, auditivas y táctiles, que son sugerentes y desempeñan un papel importante dentro del conjunto. Cuanto mejor imaginéis cada detalle, mejor vais a paladear el desenlace.

Y ahora, si ya os sentís “desempañados”, olvidad esta introducción y pasad cuando queráis a…


CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortázar


CortázarComo ya habréis comprendido el título, tengo curiosidad por saber: al llegar a la última línea, ¿no os han entrado ganas de mirar hacia atrás?

Si de lo que os dan ganas es de leer más de Cortázar, sabed que publicó este relato –el más breve de todos- en 1956 dentro de la colección «Final del juego», la segunda de ocho que escribió. Si no habéis leído nunca a Julio y queréis probar, este es el volumen por el que yo empezaría. Su estilo evolucionó obra a obra, y en general no hacia la sencillez. Hay también diversas antologías y recopilaciones que os ayudarán a acertar.

Profesor LÍLEMUS

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