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Cuando uno lee los poemas de Quevedo, le entran ganas de compartir con él mesa, copa y conversación, seguro de pasar un rato inolvidable. La lectura de los poemas de Garcilaso de la Vega, en cambio, nos hace imaginar a un joven -murió a los treinta y cinco- muy elegante, muy atlético, muy apasionado, muy siglo XVI, pero en el fondo un pelmazo. Alguien que nos amargará el trago con cualquier rollo sobre las “dulces prendas por mi mal halladas” y el “¡oh miserable estado, oh mal tamaño!”.

Garcilaso_de_la_VegaY, sin embargo, cuesta creer que un hombre como Garcilaso fuera un tostón. Gozaba de una sólida posición en la corte de Carlos V, lo que significa que debía acompañar al Emperador allí donde este se encontrase, para estar a su disposición, representarle y entretenerle. El ideal de vida de las cortes renacentistas fue definido con todo detalle en un libro de enorme difusión, que se convirtió pronto en el manual del perfecto cortesano. Me refiero a “Il cortegiano”, de Baldassare Castiglione. En su faceta de entertainer del príncipe, el cortesano debía, según Castiglione, prestar especial atención al arte de la conversación elegante, la cual incluye ocurrencias ingeniosas, juegos de palabras, agudezas y “facezie”, que es como se llamaba en italiano culto a los chistes e historias graciosas.

Esta clase de cortesía llevaba mucho tiempo gestándose. Cuando en pleno siglo XIV Giovanni Boccaccio, el autor del “Decamerón”, escribe en cinco líneas el retrato físico de Dante Alighieri, no duda en dedicar una a señalar que “era sempre nella faccia malinconico e pensoso”. Si consideramos que Boccaccio nunca conoció a Dante en persona, queda claro que su aspecto melancólico y pensativo era un defecto notorio para quienes le habían hablado del autor de la “Divina comedia”. De hecho, en el mundo del “Decamerón”, poblado por un batiburrillo de personajes poco ejemplares, el peor pecado social que estos pueden cometer es el de ser aburridos, mezquinos o poco liberales. A ojos del autor, casi todo se perdona con tal de encontrar una salida desenvuelta e ingeniosa, y no son pocos los personajes que se libran de un apuro gracias a una respuesta oportuna. Si al terminar de leer esta entrada os pica la curiosidad de seguir este enlace, podréis leer un magistral relato breve que ilustra a la perfección lo que estoy diciendo:

Giovanni Boccaccio: El cocinero Chichibio (de El Decamerón).

En cuanto a Garcilaso, debía de conocer bien la obra de Castiglione, porque en 1526, durante una estancia de la corte en Granada con motivo de las bodas del Emperador, tuvo ocasión de tratarle personalmente e incluso recomendó a su amigo Juan Boscán que tradujese al español la obra del italiano.

Y en efecto, parece que el toledano tenía sentido del humor. Al menos eso se desprende de una anécdota que de él cuenta en su “Miscelánea” otro escritor del XVI, Luis Zapata de Chaves. Resulta que Garcilaso era amigo del doctor Francisco de Villalobos, el médico de cámara de Carlos V. Al parecer, Villalobos había atendido de alguna dolencia al poeta y expresó su intención de cobrar los honorarios. En respuesta, Garcilaso le envió una bolsa de dinero vacía con una nota en su interior. Al optimista acreedor le sorprendió indudablemente la ligereza de la bolsa, pero más debió de sorprenderle encontrar dentro la nota y leer en ella los cuatro versos de la siguiente redondilla:

La bolsa dice: Yo vengo
como el arca do moré,
que es el Arca de Noé,
que quiere decir: no tengo.
 

El doctor, que además era hombre de letras y humanista, comprendió con una sonrisa que la deuda quedaría sin cobrar y que él tendría que conformarse con la guasa de la composición. El lector moderno, por su parte, ni comprenderá ni sonreirá, por el simple motivo de que el verbo “haber” ya no significa ‘tener’, sentido que la palabra sí tuvo en la Edad Media y que conservó precisamente hasta el siglo XVI, aunque ya entonces empezaba a sonar anticuado. Este significado, que en otros idiomas sigue siendo la norma (el francés “avoir”, el italiano “avere”, el inglés “have”, el alemán “haben”), nos da la clave para entender la broma del poeta y hasta disfrutarla con una sonrisa:

La bolsa dice: Yo vengo vacía, como vacía estaba el arca donde he vivido, a la que podríamos llamar el arca de NO HE, que quiere decir NO TENGO (dinero).

En fin, un chistoso el Garcilaso.

Profesor LÍLEMUS

(Para Carlos, que me sabía imitar como nadie)

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