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Es posible que la frase el que se fue a Sevilla perdió su silla os haya servido alguna vez para defender vuestro derecho sobre un lugar que otro ha desocupado (una silla propiamente dicha, el puesto en una fila), cuando este lo reclama argumentando que antes lo había tenido él.

El origen de esta frase proverbial es uno de los mejor documentados que hay, y la silla mencionada no es una cualquiera, sino aquella desde la que el obispo preside las celebraciones litúrgicas en una catedral, y que en latín se llama precisamente sedes (‘silla’ o ‘asiento’).

La historia es como sigue. Hacia 1460 era arzobispo de Sevilla don Alonso de Fonseca, un importante miembro del clero que en el año 54 había oficiado la boda real entre Enrique IV de Trastámara y la princesa Juana de Portugal. Eran tiempos en que las familias poderosas pugnaban por colocar a sus representantes en catedrales y obispados, y los cargos eclesiásticos eran asignados sin demasiada consideración a la santidad de los candidatos. Y digo demasiada, porque siempre ha habido buenos clérigos. Esta costumbre, a la que puso freno un siglo más tarde el Concilio de Trento con su inmensa labor reformadora, hizo que un sobrino de don Alonso de Fonseca, también llamado Alonso, fuera hecho arzobispo de Santiago de Compostela gracias a las influencias de su poderosa familia. El propio rey Enrique cursó la petición al papa.

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Desde su cátedra, el fogoso sobrino tomó parte en luchas políticas diversas, como consecuencia de las cuales fue hecho prisionero en 1465 en Noya (La Coruña). Para redondear el asunto, los Fonseca intentaron pagar el rescate con dinero y joyas de la catedral de Santiago, y el escándalo resultante se resolvió con un destierro de diez años para el joven arzobispo. Entonces el tío tuvo la astuta idea de intercambiar su sede con la del sobrino, de modo que se cumpliera el castigo sin que la familia perdiera ninguno de los dos cargos. Y a Santiago se fue, donde en unos pocos años logró arreglar el espinoso asunto. Pero al intentar recuperar en 1469 la sede de Sevilla, se encontró con que el peculiar sobrino se había aficionado a la ciudad y se negaba a devolverla.

Fue necesaria la intervención armada del duque de Medina Sidonia y hasta de Beltrán de la Cueva, apoyado en la visita de Enrique IV a Sevilla, para que el sobrino terminara obedeciendo la bula papal de Pío II. Por la importancia de los personajes implicados, el caso fue muy comentado y dio lugar a la frase: el que se fue DE SEVILLA perdió su silla.

Pero el paso del tiempo hizo que se olvidaran los detalles del asunto, y el dicho adoptó la variante que sin duda conocéis: el que se fue A SEVILLA perdió su silla. Lo cual es comprensible, ya que, al difuminarse la anécdota original, lo mismo daba una cosa que otra.

Como ya sabéis de qué pie cojeo, remataré la historia con consideraciones etimológicas. La palabra latina sedes, con la que en origen se nombraba la silla del obispo, pasó a designar la catedral en sí, que es la sede obispal. De hecho, a través del catalán, produjo nuestra palabra seo, que es como se llama a las catedrales en Aragón y Cataluña (la Seo de Urgel, de Zaragoza, de Manresa).

En cuanto al sustantivo la catedral, es en origen un adjetivo (la iglesia catedral), porque es el templo en el que se encuentra la cátedra del obispo. Y es que la palabra griega καθέδρα (cathédra) significa precisamente eso: ‘silla’, ‘asiento’. Y como en otros tiempos los profesores universitarios daban clase a sus discípulos desde una silla elevada, a esta se le llamó cátedra y al que se sentaba en ella, catedrático.

Lo que pocos saben es que de καθέδρα viene también nuestra cadera. En efecto, los griegos nombraban así –en plan gracioso- al trasero, visto como un asiento proporcionado por la naturaleza. Un asiento tan cómodo, que Alonso de Fonseca, el ingrato sobrino, se resistió todo lo que pudo a levantarlo del sitio. Como dice el refrán: al que Dios no da hijos, el diablo le da sobrinos.

Profesor LÍLEMUS

(Para mi amigo Manu Feria, a quien Sevilla le hipotecó el corazón y anda todavía pagando plazos)

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